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Última actualización:
2022-08-10 00:17

EL INESPERADO DEVENIR DE UNA HISTORIA DE ÉXITO: PROMÉXICO

Luis Alberto Celis

OPINIONES OPORTUNAS

Publication Date: 05-03-2019

 

El inesperado devenir de una historia de éxito: ProMéxico

Por Luis Alberto Celis

Este año comenzó con importantes cambios en la Administración Pública Federal. Uno de ellos fue el anuncio del cierre de ProMéxico, la agencia gubernamental mexicana encargada de la promoción del comercio exterior y la atracción inversión extranjera directa a México, así como de la internacionalización de empresas mexicanas en el extranjero.

La historia del México contemporáneo nos demandará –a posteriori– explicar y recordar qué fue ProMéxico, sus logros, sus virtudes, sus aciertos, y sus fallas. Sirvan estas líneas para ello, así como para hacer un bien merecido recordatorio y, ¿por qué no?, un homenaje a quienes en algún momento formaron parte de esa institución que, si la memoria es justa y el juicio objetivo, con todo y sus múltiples áreas de oportunidad, podrá recordarse como una de las instituciones de la Administración Pública Federal mejor concebidas, diseñadas y ejecutadas.

En un acierto político-económico estratégico, ProMéxico se creó durante 2007 bajo la figura de un fideicomiso público sectorizado a la Secretaría de Economía mexicana, cuya misión sería lograr incrementar los niveles de comercio e inversión a cifras jamás antes vistas en nuestro país. La misión fue exitosa al poco tiempo de su génesis1 (para 2013 se habían generado alrededor de 300 proyectos de alto impacto, habían llegado más de 50 mil millones de dólares de inversión extranjera directa a nuestro país y se contribuyó a generar cerca de 60 mil empleos altamente calificados) pero, a once años de su creación, se determinó que debía desparecer. Cualquier decisión puede ser cuestionable, pero hay decisiones más cuestionables que otras; este es el caso la decisión que determinó cerrar ProMéxico.

Resulta especialmente complejo reunir tantas historias de éxito en una sola crónica, aunque, a decir verdad, era un ejercicio que había procrastinado. Comienzo por confesar que, aunque había escuchado de la existencia de ProMéxico, no fue sino hasta finales de 2008 cuando tuve mi primer acercamiento con su labor durante una exposición en clase de uno de mis alumnos de Negocios Internacionales. Tiempo después, un azaroso derrotero del destino me llevó a trabajar allí.

En 2009, mediante una inusual –y afortunada– práctica de reclutamiento gubernamental, recibí por correo electrónico un mensaje de la Oficina de ProMéxico en Madrid –ciudad en donde cursaba el doctorado en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales–, en búsqueda de personal para incorporarse a sus filas. En ese mismo año, comencé a colaborar en calidad de voluntario en esa institución, a la que entonces –por ignorancia generalizada hacia las instituciones de gobierno– le tenía poca fe. Mi experiencia burocrática era más bien incipiente, pues únicamente había tenido oportunidad de trabajar a un par de años en PEMEX, institución en donde “la grilla” era más un modus vivendi que un modus operandi. Para mi sorpresa, al poco tiempo esa poca fe hacia ProMéxico se convirtió en entusiasmo y lealtad institucional –rápidamente la institución lograba que su personal “se pusiera la camiseta”–, pues bastaron menos de 90 días para darme cuenta de que ProMéxico se salía del modelo burocrático-gubernamental, y del privilegio que suponía la tarea de hablar bien de mi país y difundir las actividades económicas destacables de México.