Excancilleres de México: entre la urgencia y la estrategia
Héctor Cárdenas Suárez / En el marco del 25 aniversario del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI), convocamos a un ejercicio poco común pero profundamente necesario: sentar en una misma mesa a quienes, en distintos momentos, han sido responsables de conducir la política exterior de México. Reunimos a cinco ex-Cancilleres de México de distintos períodos: Bernardo Sepúlveda Amor, José Ángel Gurría, Jorge G. Castañeda, Patricia Espinosa y Claudia Ruiz Massieu. El valor de este enc
Héctor Cárdenas Suárez
/ En el marco del 25 aniversario del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI), convocamos a un ejercicio poco común pero profundamente necesario: sentar en una misma mesa a quienes, en distintos momentos, han sido responsables de conducir la política exterior de México.
Reunimos a cinco ex-Cancilleres de México de distintos períodos: Bernardo Sepúlveda Amor, José Ángel Gurría, Jorge G. Castañeda, Patricia Espinosa y Claudia Ruiz Massieu.
El valor de este encuentro no radicó únicamente en la experiencia acumulada de sus participantes, sino en la posibilidad de observar, en perspectiva, la evolución del pensamiento estratégico de México frente al mundo. Lo que surgió no fue una narrativa uniforme, sino un conjunto de coincidencias, matices y tensiones que reflejan con claridad los dilemas estructurales que enfrenta el país.
El primero de ellos es conceptual, pero profundamente práctico: la relación entre principios e intereses. México ha construido, a lo largo de décadas, una política exterior anclada en principios que le han permitido navegar un sistema internacional marcado por asimetrías de poder. Sin embargo, la discusión dejó claro que estos principios no operan en el vacío. Su aplicación exige interpretación, y en ocasiones, decisiones difíciles cuando entran en tensión entre sí o con intereses concretos del Estado.
El segundo gran tema fue el diagnóstico sobre la posición actual de México en el mundo. Aquí hubo una preocupación compartida: una percepción de menor presencia, menor iniciativa y menor peso en espacios multilaterales. Pero este diagnóstico no fue simplista. También hubo un reconocimiento explícito del contexto extraordinariamente complejo en el que opera el gobierno actual: una relación particularmente exigente con Estados Unidos, presiones crecientes en migración y seguridad, y un entorno internacional cada vez más volátil.
Este matiz es importante. La política exterior no se diseña en el vacío, sino bajo restricciones reales.
Sin embargo, incluso considerando estas restricciones, el debate llegó a una conclusión central: México necesita recuperar la capacidad estratégica.
La relación con Estados Unidos seguirá siendo la prioridad estructural. Negarlo sería desconocer la realidad geográfica, económica y política del país. Pero asumir esta prioridad no implica renunciar a la dependencia. Por el contrario, una política activa de diversificación —hacia Europa, América Latina, Asia y otros socios afines— puede fortalecer la posición negociadora de México frente a su principal socio.
En este contexto, uno de los temas más relevantes fue el de las herramientas. La política exterior no es solo discurso ni posicionamiento; es, sobre todo, capacidad de ejecución.
Aquí el diagnóstico fue claro: la Cancillería ha perdido capacidades, tanto en recursos como en peso político. La política exterior requiere una institución capaz de coordinar al Estado en su conjunto, de anticipar escenarios y de articular estrategias de largo plazo. Sin ello, el país queda condenado a reaccionar, no a incidir.
La red consular ofrece un buen ejemplo de este dilema. México ha utilizado intensamente sus consulados para proteger a sus ciudadanos en el exterior, particularmente en Estados Unidos, en un entorno cada vez más adverso. Este esfuerzo ha sido no solo necesario, sino eficaz.
Pero esa misma roja tiene un potencial mucho mayor. Puede ser —y en muchos casos debería ser— una herramienta de inteligencia política y económica, de construcción de alianzas a nivel estatal y local, y de promoción activa de los intereses de México. La transición de una red reactiva a una red también proactiva es una de las tareas pendientes más evidentes.
El fortalecimiento del Servicio Exterior, la recuperación de capacidades analíticas y la articulación de una estrategia de Estado son, en este sentido, condiciones indispensables.
Finalmente, el encuentro dejó una reflexión más amplia: el mundo está cambiando. El orden basado en reglas que México supo aprovechar está siendo reemplazado, en parte, por dinámicas de poder más crudas. En este nuevo entorno, la pasividad tiene costos más altos.
México sigue siendo una potencia media. Tiene los recursos, la posición geográfica y el peso económico para ser un actor relevante. La pregunta no es si puede serlo, sino si está dispuesto a actuar como tal.
A 25 años de su fundación, COMEXI reafirma su vocación como espacio de reflexión estratégica. Pero más allá de este aniversario, la conversación deja una lección clara: la política exterior no puede ser improvisada ni reactivada. Requiere visión, capacidades y, sobre todo, una noción compartida de interés nacional.
Ese es, quizás, el desafío más importante hacia adelante.











