Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

Última actualización:
2024-03-02 22:07

ELECCIONES EN NIGERIA: EL VOTO DE LO INVISIBILIZADO

Publication Date: 01-03-2023

La República Federal de Nigeria llevó a cabo elecciones presidenciales este pasado 25 de febrero. Dos días después de haberse celebrado las elecciones, la Comisión Nacional Electoral Independiente (INEC por sus siglas en inglés) aún no ha concluido el conteo de los votos. El largo camino electoral de Nigeria comenzó en 1964, fecha en la cual se celebraron tanto elecciones generales como regionales y cuyos resultados fueron severamente puestos en entredicho mediante acusaciones de fraude y violencia. En aquellos días, los disturbios postelectorales funcionaron como caldo de cultivo para que el sector castrense se erigiera como supervisor del orden a través del golpe de Estado de 1966 que sirvió como antesala de un segundo coup llevado a cabo en la década de 1980.

Si la empresa colonial en África fue esencialmente una misión masculina y militar, no sorprende entonces que, desde haber alcanzado su independencia en 1960, Nigeria ha sido mayoritariamente gobernada por varones provenientes de las filas del ejército. Un reciclaje de miembros de la élite militar es lo que se ha entendido como la transición de gobiernos militares a “civiles”: un antiguo general retirado, Olesegun Obasanjo (1999-2007), fue electo como presidente de la Cuarta República para ser sucedido por una serie de presidentes civiles o bien de militares “convertidos” a la democracia como es el caso de actual presidente en turno, Muhammadu Buhari. A lo largo de dicha transición, las principales candidaturas presidenciales siempre han estado vigiladas por la presencia de algún candidato de origen militar: Buhari se presentó en las elecciones de 2003, 2007, 2011 y 2015, siendo esta última en la cual hubo de convertirse por segunda ocasión en presidente de la república. Contrariamente a lo ocurrido a lo largo de las pasadas siete décadas, en las actuales elecciones, los tres candidatos presidenciales con mayores posibilidades de triunfo son todos de origen civil y/o empresarial, una victoria significativa frente al pasado militar nigeriano pero también un refrendo al pacto patriarcal-colonial que margina otras las acciones y luchas desplegadas afuera de la órbita estatal.

El futuro presidente nigeriano heredará un país cuya economía ha manifestado desde 2016 fuertes tendencias recesivas, una profunda dependencia petrolera y anémicas políticas de diversificación cuya aplicación ha generado una agricultura desfavorecida en función de los ingresos petroleros y de los sistemas de monocultivo cuyos precios en el exterior reportan mejores ingresos para el gobierno pero que empobrecen especialmente a las mujeres nigerianas. Por si fuera poco, el desempleo (más de 40% a inicios de la década de 2020) se ha incrementado estrepitosamente, la deuda se ha duplicado en los últimos diez años y la inflación se acerca al 20%.

Más allá de lo que los poderosos regímenes de representación son capaces de producir y reproducir sobre el futuro africano en materia electoral –y en donde el poder de los ciudadanos se limita a la lógica de “una persona un voto” – el abstencionismo electoral parece interrogar de manera profunda no solo la siempre argumentada “fragilidad” de las democracias africanas sino también las disputas e inconformidades en torno a la definición de gobernanza que presenta a la democracia como un nirvana al que se debe llegar necesariamente. Tan sólo en las dos últimas elecciones presidenciales, el porcentaje de participación electoral ha venido desplomándose progresivamente: de 44% a un 35 % en 2015 y 2019 respectivamente en un padrón electoral de más de 80 millones de votantes.

A tres días de haberse celebrado las elecciones presidenciales en Nigeria, la espera de los resultados de parte de la INEC no sólo debería ungir al futuro presidente sino también permitir la observación de otras pedagogías de hacer política que han sido invisibilizadas como acciones de ciudadano(a)s que “apáticamente” ignoran sus “obligaciones” como votantes para de ser tratadas como acciones y utensilios que desde las márgenes del sistema son puestos en marcha para desafiar al propio sistema político y electoral. Son herramientas de aquello(a)s que literalmente no caben en el sistema, pero que eluden instrumentalizarse, que lo interrogan desde aquellas márgenes o retaguardias de la vanguardia electoralista.

Las democracias africanas son jóvenes y, de tal manera, no deberían ser juzgadas con los mismos estándares de otras más consolidadas históricamente. Pero no sólo ello, sino que debieran poder definir la gobernanza (relación entre gobernados y gobernantes) de modo que el poder de los votantes no sólo se limite al sufragio puntualmente emitido en estrictos calendarios electorales, sino a una situación en la cual dejen de percibir que, a la mañana siguiente de celebrados los sufragios, todo permanece igual.

Participación en El Sol de México