Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

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2024-03-01 14:01

LA PLAZA ROJA SIN GORBACHOV

Publication Date: 07-09-2022

Septiembre inició con un vacío en la Plaza Roja generado por la partida de Mijail Gorbachov. No se sabe si su estatua en Moscú estará a lado de la de Lenin o de los zares. Se desconoce si, en medio del conflicto en Ucrania, los líderes mundiales que lo evocan podrán viajar a la “plaza hermosa” y presentarle su respeto ante el pueblo ruso.

Occidente lo recuerda por prevenir una tercera guerra mundial y facilitar la unificación alemana. En casa, sin embargo, sus reformas sobreviven con la incomodidad de sus enemigos. Las nuevas generaciones lo conocen poco, si bien su legado está siendo discutido con intensidad en internet y en las redes sociales.

¿Cuál sería el escenario propicio para un gran funeral de Estado para Gorbi? Quizá si el ejército ruso no estuviera instalado en terreno ucraniano, o si viviéramos en 2006, cuando San Petersburgo fue sede del G-8 y Rusia era considerada ⸺de nuevo⸺ como una potencia europea cercana a los “valores occidentales”. Si un homenaje hubiera sido rendido a Gorbachov ese verano, además de George W. Bush, hubiera asistido George H.W. Bush, su padre, con quien disolvió el mundo bipolar. Además de Angela Merkel, hubiera concurrido Helmut Kohl, con quien definió la caída del muro de Berlín. En el lugar, además de Jacques Chirac y Tony Blair, resaltarían Margaret Thatcher y el rey Juan Carlos de España, quienes lo respetaron antes y después de ser el último gran dirigente soviético.

¿Son importantes todavía las exequias en el siglo XXI? ¿Qué habría hecho este hijo de una campesina para merecerlas? Los rusos fueron clave en las guerras napoleónicas y en la Segunda Guerra Mundial. Han sido considerados en distintos momentos históricos los garantes de la paz y del equilibrio entre potencias, como fue en la derrota del régimen nazi y en la conformación de la Organización de las Naciones Unidas. Eso se espera de sus líderes. No fue fácil, ni para Gorbachov, ni para Yosef Stalin ni para Lenin pasar a la posteridad ante las sombras de zares como Catalina o Pedro el Grande.
El premio Nobel de la Paz

La carrera nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue una pesadilla en la Guerra Fría. Era el yunque que los jefes soviéticos tenían al exterior y al interior, en su tarea de buscar progreso interno y posicionamiento internacional, quizá desde la década de 1960 y hasta finales de la de 1980. La competencia armamentista, además de cara, no llevaba a ningún escenario más que al de la aniquilación total. Era la faceta más irracional de la confrontación Este-Oeste.

El premio Nobel de la Paz es quizá la fotografía que muestra de manera más simple la trascendencia del burócrata agrícola que se convirtió en una de las personalidades más destacadas de la segunda mitad del siglo XX. En 1991, en Noruega, Gorbachov confirmaba su universalidad y defendía el espíritu de sus reformas sociales. Comenzó con una cita de Vasily Malinovsky: “La paz propaga riqueza y justicia, lo que constituye la prosperidad de las naciones. En esta era nuclear esto significa, además, una condición para la supervivencia de la raza humana”. Asimismo, la muerte violenta y lamentable de Rajiv Gandhi estuvo en sus palabras.

El Ayuntamiento de Oslo fue un auditorio para defender sus reformas, no solo por su magnitud internacional, sino por los embates y las críticas que recibía en toda la geografía soviética. La perestroika, más allá de un conjunto de políticas públicas modernizadoras, era un reconocimiento de lo que ya no funcionaba en la Unión Soviética y de lo que difícilmente tendría éxito en otros países.
La democratización de Europa del Este

La clase gobernante sabía del zastoi (estancamiento) que arrastraba un atraso tecnológico: una “política sujeta a la ideología”, un “monopolio de la enseñanza social y las ciencias” y la ineficiencia de las “industrias militarizadas”. La perestroika, en su argumento, no fue “una copia de algo”, sino una innovación para una realidad soviética diferente. Una manera de demostrarle al mundo que existen más de dos recetas o dos paradigmas para conseguir el desarrollo, más que capitalismo y socialismo, siempre hay terceras vías en la mente humana.

Gorbachov no tenía conciencia en las décadas de 1980, ni a principios de la de 1990, de la bola de nieve política que desencadenaría. Dice Samuel Huntington en La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX (Paidós, 1994): “¿Quién podría predecir en 1985 que Mijail Gorbachov facilitaría la democratización de Europa del Este?” ya que el mayor obstáculo era el “control soviético”, certifica el autor de El choque de civilizaciones (Paidós, 1996). Sin duda, la apertura generada en Europa del Este motivó a múltiples movimientos reformadores en diversas latitudes de África, Asia y el Medio Oriente. Mucho se reconfiguró en Latinoamérica en esos años, aunque el crédito lo recibió la participación estadounidense, más que lo que pasaba en la Unión Soviética (como lo avala Huntington).
Poco reconocimiento latinoamericano

La idea del ruso capitalista llegó a los latinoamericanos con la avasalladora mercadotecnia estadounidense. Vimos desde lejos la modernización de Europa del Este y lo que vivían los herederos de “lo soviético”. Los productos rusos se ponían de moda, y el Kremlin era, además del nuevo amigo, un gran mercado para Occidente. Esa fue una de las maldiciones de Gorbachov. Hoy es más mencionado por introducir McDonald’s a Moscú o por su anuncios de Pizza Hut, que por sus conferencias o su obra escrita.

Parece irónico que en la Latinoamérica del siglo XX, o en pleno siglo XXI, se lea más a Lenin o a León Trotski, a los Planes quinquenales y a ¿Qué hacer?, que a Gorbachov y a nuestros contemporáneos. Pareciera más atractivo el romanticismo de años que no vivimos que las realidades de las décadas que nos avasallan. Hubo menos poder de atracción soviético en la década de 1980: las subvenciones y las becas rusas se redujeron drásticamente para los latinoamericanos, lo que afectó en especial a gobiernos como el cubano. Las escuelas y las universidades latinoamericanas disminuyeron la instrucción del idioma ruso, en contraste con el aumento de la enseñanza de idiomas como el chino.

No hay reformadores felices, decía Gorbachov. Sin embargo, el exilio le sirvió para propagar su mensaje de universalidad en geografías donde nunca soñó como estudiante o granjero del Cáucaso.

Otra realidad es que la inversión soviética nunca llegó a gran escala a los latinoamericanos. Hoy la presencia económica de China es superior a lo que jamás se plantearon desde Moscú. Al 2020, el acerbo de inversión extranjera directa de los chinos en Argentina equivale a 21% de su PIB, 96% en Uruguay y 111% en Chile. Brasil recibió en 2021 una inversión extrajera directa de china equivalente a 5900 millones de dólares.

La cita de Gorbachov en México, en 2004, fue muy característica de su personalidad. No visitó la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estaban los rusólogos y los melancólicos de lo soviético; tampoco el ITAM, donde se concentraban los reformistas. El liberalizador habló en la Universidad Anáhuac, que no era parte de esa dicotomía, ante judíos y católicos mexicanos, frente a universitarios que no tenían influencia ni del movimiento de 1968 ni de Ernesto El Che Guevara, porque “eso también es México”. Para acabar de romper el molde, su charla no fue en el Distrito Federal, sino en el Estado de México. Huixquilucan escuchaba a un soviético real, y no a los que se desprenden de los murales o los libros de texto.

Gorbachov fue invitado de honor en el 25 aniversario de la unificación alemana, en Frankfurt. El presidente Joachim Gauck evocó a los protagonistas que permitieron esa “revolución pacífica”: “Los vemos hoy otra vez y decimos simplemente gracias”. Alemania encontró la libertad en la unidad. Merkel haría lo propio en el 30 aniversario.
Un adiós… a la distancia

Los grandes mandatarios occidentales hoy no consideran políticamente correcto volar a Rusia, aun si recibieran una invitación para un homenaje de Estado. La intervención armada en Ucrania es considerada por muchos de ellos como una violación al Derecho Internacional. Asimismo, Putin no tiene la cercanía a Occidente que tenía en el periodo de Merkel o en la época de la familia Bush.

Tampoco existen condiciones internas para magnas honras fúnebres. Gorbachov es aún considerado por una parte de la sociedad rusa como el acelerador de la caída soviética. Este fue uno de los fantasmas que persiguió al otrora Secretario General del Comité Central del Partido Comunista hasta sus últimos días.

No hay reformadores felices, decía Gorbachov. Sin embargo, el exilio le sirvió para propagar su mensaje de universalidad en geografías donde nunca soñó como estudiante o granjero del Cáucaso. Al igual que sus predecesores y algunos zares, estuvo a la altura para salvar a Europa y reducir los conflictos mundiales.

HORACIO SAAVEDRA es asociado del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi). Es doctor en Ciencias Políticas por la Universität Tübingen y por la Freie Universität Berlin. Fue Cónsul General de México en Miami y en Frankfurt. Se especializa en temas de cooperación, geopolítica y migración.

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