Asociados en prensa

Fragilidad y fortaleza

Gustavo Mohar


Excélsior

A los que sufrimos el terremoto en 1985 nos hizo revivir la sensación de absoluta impotencia ante la oscilación de nuestra casa, el azote de las lámparas con el techo, la caída de los libreros, el ladrido de los perros, el crujido, le pérdida de equilibrio y la angustiante decisión de salir corriendo, esperar a que se detenga o que “pase”, meterse abajo de una mesa o, como nos decían entonces, “párate debajo de una puerta”…

Recordamos las calles invadidas por los vecinos en sus ropas de dormir, con el pavor en sus rostros, buscando a alguien que nos dijera qué hacer. A los minutos nos enteramos por el radio de la magnitud del desastre, aparecieron las primeras imágenes de los edificios colapsados, las sirenas de la Cruz Roja, la llegada de los militares, marinos y policías a las tareas de rescate.

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