Asociados en prensa

Los miles de silencios

Mauricio Meschoulam


El Universal

Semáforos humanos. Esa es la mejor idea que se nos ocurrió a mis amigos y a mí el 20 de septiembre de 1985. No había semáforos eléctricos y la ciudad era un caos. Obviamente lo que se necesitaba, pensamos a nuestros 16 años, era alguien que ayudase a dirigir el tránsito. Lo hicimos durante un rato hasta que nos dimos cuenta que nadie nos hacía caso, y decidimos retirarnos. Llegamos a algo que parecía un intento de centro de acopio. “Allá, chavos, los sándwiches y las medicinas”. Todos giraban instrucciones y nadie seguía ninguna de ellas. “Analgésicos a esta caja. Antihistamínicos a esta otra. Antibióticos acá”. “Oiga doctor, ¿y cómo demonios debemos saber cuál es cuál?”, “Yo le digo”. Otra vez, cuando nos dimos cuenta de que solo estábamos revolviendo todo y no estábamos siendo de ayuda, mejor nos fuimos. Palas. Levantar escombros. Otro centro de acopio. Comprar, llevar, traer, dar aventones. Queríamos hacer no lo que fuera posible o lo que nos resultara cómodo, sino lo que fuera necesario. Estábamos seguros de que esa era la única forma de responder ante la tragedia que difícilmente, en esos primeros momentos, comprendíamos. Muchos años después, leí textos de expertos que explicaban que, en esos días, estaba emergiendo la sociedad civil organizada. Yo no sé si nosotros, a nuestros dieciséis, formábamos parte de ese maravilloso y sugerente concepto. Lo único que sé es que la tragedia nos había provocado un algo muy especial, diferente.

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