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Hacer sustentable a la Ciudad de México

Cecilia Soto


Excélsior

En la esquina de Laredo y Nuevo León, en la colonia Condesa, estuvo el único edificio que cayó en 1985. En Laredo y Amsterdam se derrumbó un edificio en este septiembre con varias víctimas mortales y en Laredo y Parque México se encuentra un edificio con daño estructural. Es arrogancia, o hibris como dijeran los griegos, insistir en construir en zonas, barrios, cuadras en las que la exnaturaleza lacustre del suelo se convierte en un potencial amplificador de la onda sísmica.  El saldo blanco del sismo de 8.2 grados del 7 de septiembre alimentó la ilusión de que la Ciudad había vencido en su disputa con la naturaleza. Sufrimos una ceguera propia del siglo pasado: la tecnoutopía, la que cree que la tecnología todo lo puede vencer, la de los ingenieros prometeicos que diseñan sistemas de pilotes más profundos y nuevos y mejores materiales para que el acero de las columnas “trabaje” cuando llegan las oscilaciones de las ondas sísmicas y así poder construir donde sea y especialmente donde el precio del suelo sea mayor. La mayoría de los edificios construidos pos 1985 resistieron bien en estas dos ocasiones, pero la psique de los habitantes ha vivido una experiencia profundamente traumática. ¿Vale la pena?

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