Asociados en prensa

Plumas mercenarias

Eduardo Guerrero


El Financiero

Sin lugar a dudas la política es la continuación de la guerra por otros medios. Durante el Siglo XVIII, con la ilustración y con el creciente poder de las chattering classes, la batalla por la opinión pública fue desplazando a otras formas más brutales de confrontación. Donde antes era necesario contratar un asesino para deshacerse de un rival, bastaba ahora con encargar la publicación de exageraciones y calumnias. Destruir la reputación de un enemigo político resultaba ser un mecanismo más eficaz, y menos riesgoso, que aniquilarlo físicamente. Con este cambio surgió una nueva industria: la de los pasquines y los libelos, patrocinados en un origen por los burgueses y por los aristócratas resentidos en contra del soberano en turno y de su camarilla. El negocio goza de buena salud hasta nuestros días. 

En México conviven todavía las formas más salvajes de confrontación política, incluyendo el asesinato de candidatos y autoridades (un riesgo presente sobre todo en el ámbito municipal), con una boyante industria de periodismo por consigna. Al respecto, es importante subrayar que la parcialidad no implica por sí sola la corrupción de un medio o un periodista.

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