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Ahora es cuando

Eduardo Guerrero


El Financiero

La semana pasada relataba una serie de hechos violentos que han sacudido a distintas entidades federativas desde inicios de mes. Desafortunadamente, la espiral de violencia continuó la semana pasada. El incidente más sonado tuvo lugar en Tizayuca, donde un comando irrumpió en un fraccionamiento donde se celebraba una fiesta infantil, con saldo de once muertos, incluyendo siete mujeres y dos menores de edad. Por el carácter indiscriminado –casi gratuito– de la violencia, los hechos recuerdan a los peores tiempos de Ciudad Juárez, cuando tuvieron lugar un alto número de multihomicidios, incluyendo la masacre de Villas de Salvárcar.

Hay quienes ya especulan sobre la posibilidad de que julio supere a mayo como el mes con mayor número de homicidios dolosos del que se tenga registro en la historia del país. Sin embargo, es importante recalcar que el escalamiento de la violencia no es nuevo. Los homicidios vienen aumentando desde hace aproximadamente tres años por distintos factores: desde la creciente conflictividad social en el país –que ha dispersado las fuerzas del gobierno federal– hasta el auge que ha cobrado el robo de combustible. Lo verdaderamente preocupante de los sucesos más recientes es que apuntan a dos fenómenos simultáneos de la mayor gravedad. Por una parte, el recrudecimiento de una serie de conflictos que involucran a las organizaciones criminales con mayor poder de fuego del país. Por otra, que todos los grupos criminales, grandes y chicos, están perdiendo el poco miedo que tenían de llamar la atención con actos de extrema violencia, incluso en las zonas urbanas donde éstos son más visibles.

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