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El escandinavo Ochoa

Raymundo Riva Palacio


El Financiero

Enrique Ochoa es el presidente del PRI históricamente con la lengua más larga. De la cola, ni hablar. La tiene corta. Pero más grande que su soez comportamiento son sus mañas y formas. Todo confluyó el fin de semana cuando en Tabasco habló de “los prietitos de Morena”, para referirse a los priistas que dejaron al partido para sumarse al de Andrés Manuel López Obrador. Involuntariamente gracioso, se atropelló con su boca. Horas después tuvo que pedir disculpas, recordando su propio color de piel. Ochoa, quien en los últimos meses se dedicó a poner epítetos y vituperios a los precandidatos Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador, coronó así la precampaña. Si alguien fue grosero y grotesco en este periodo, Ochoa ganó de calle el primer lugar.

Llegó al PRI por decisión del presidente Enrique Peña Nieto, quien de esa forma mandó un mensaje al partido que por la boca de Ochoa hablaría él, y que sería el transmisor de sus decisiones ejecutivas. 

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