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2 de febrero

Beatriz Paredes


El Universal

Mi primera noción de la magia del dos de febrero se la debo al libro Un son que canta en el río, en el que Roberto Blanco Moheno relata magistralmente la historia del conicto entre Alvarado y Tlacotalpan, y cómo éste se desdobla en los encuentros y desencuentros de Santo y Virgen, el dos de febrero, sobre el río Papaloapan. Después, adicta que soy a la música veracruzana, tuve el privilegio de visitar ese sitio maravilloso, que parece escapado de una narración del realismo mágico, Tlacotalpan, donde disfruté de sones y jaraneros, escuché arpas rasgadas por los ángeles y me estremeció el zapatear de la gente de la cuenca, cantadora y alegre, innita. Desde luego, la comida correspondía a la maravilla.

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