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El ocaso y el síndrome del incomprendido

Leonardo Curzio


El Universal

Le ocurre a todos los gobiernos. Lo podríamos llamar el síndrome del incomprendido. Todo gobierno que naliza siente que la opinión pública y la opinión publicada no valoran en su justa dimensión todo aquello que, desde su punto de vista, debería ser ponderado. Los presidentes expresan en sus líneas de comunicación ocial su insatisfacción porque no se cuenta todo aquello que consideran fundamental y de vez en cuando muestran su impaciencia e irritación porque consideran que la crítica es ácida y constante, amén de injusticada y desequilibrada. En su caso tienden a culpar a los medios, las redes o incluso a patologías nacionales como aquella de amplia circulación en otros tiempos según la cual a los mexicanos nos gusta hablar mal de nuestro país y por eso criticamos tanto a nuestro gobierno. Su reacción es también muy similar y en primera instancia intentan inuir desde su ocina en el curso del proceso electoral. Fox, por ejemplo, intervino hasta casi descarrilarlo según lo dijo el tribunal electoral en 2006; Felipe Calderón fue acusado también de violar la Constitución por meterse en el proceso electoral intermedio y ahora Peña Nieto intenta incidir con una actitud que disimula mal su molestia por el ánimo social que percibe. Se siente incomprendido o poco valorado y una vez que se percate de que en vez de ayudar a su candidato la cercanía gubernamental puede afectarlo, tendrá que replegarse a ceremonias cívicas o viajes al exterior.

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