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Luis Carlos Ugalde


El Financiero

No es el nombre de un programa social, sino la meta de participación ciudadana para evitar un conflicto postelectoral. Es el porcentaje de votación que haría de la elección un éxito democrático al margen del ganador. Es la tasa que nos liberaría del yugo del desacato de los resultados o de la frustración cuando gana el partido en el poder. Salvo 1994, cuando votó 77 por ciento de la lista nominal de electores, nunca se ha superado 64 por ciento. Cuando votan muchos, se celebra la fiesta democrática, no quién gana. Cuando votan muchos, los pleitos entre partidos pasan a segundo término y el votante se convierte en el centro de atención. 

Hay mucha preocupación en segmentos del círculo rojo respecto al desenlace de la elección. A algunos les preocupa el ganador: que si López Obrador sería radical y revertiría la reforma educativa; que si Anaya carece de principios y es más peligroso que López Obrador; que si Meade es más de lo mismo. Pero el problema de fondo es que las campañas y el resultado electoral de 2018 polaricen a la sociedad, generen frustración respecto al ganador y dudas de la veracidad del resultado. Una elección cuestionada genera tensión social y es semilla de ingobernabilidad para el nuevo gobierno. 

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