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De París a Laredo: la rebaja de expectativas

Leonardo Curzio


El Universal

El último dato sobre el índice de conanza del consumidor, publicado por el Inegi, nos permite ver que el ánimo nacional es empujado por dos corrientes de aire que lo proyectan en sentidos opuestos. Por un lado, hay un segmento de la población que reconoce que, a pesar de un entorno internacional adverso, el país tiene una estabilidad económica relativa, tanto que en el año anterior pudo adquirir bienes de consumo durable de manera consistente. Pero, por otra parte, hay otro sector que, con toda razón, dice que empezamos a vivir una nueva etapa de incertidumbre, producto del incremento de la inación y la volatilidad del tipo de cambio. Lo mismo ocurre con el tema del empleo, el cual comentábamos hace ya algunas semanas. Los más optimistas sienten que no se valora apropiadamente que hayamos entrado a una situación de (casi) pleno empleo, pero los críticos insisten, también con razón, que buena parte de los puestos de trabajo tienen una remuneración muy baja y que además se ha visto erosionada por el incremento en energéticos y alimentos que experimentamos en 2017.

Las dos visiones generan, por supuesto, actitudes políticas diferentes y ambas tienen un fundamento. Los optimistas insisten en una lectura inercial del crecimiento del país y dicen: “más vale paso que dure que trote que canse”. En el fondo, argumentan, si se compara México con el desempeño de otras economías, nuestra situación no es tan mala. Por tanto, desde su perspectiva, es lógico apostar por la continuidad y permitir que, con algunas modicaciones o matices, se dé continuidad al modelo actual con la esperanza de que algún día lleguemos a niveles de crecimiento lo sucientemente elevados para reducir la brecha que nos separa de otras economías.

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