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Año nuevo: una visión nueva para viejas agendas

Leonardo Curzio


El Universal

Ocurre en todas las comunidades humanas, desde las familias hasta los países, que ante un problema complejo se pase del desconcierto al mutuo reproche. Primero la sorpresa y después el típico comentario: -te dije que hubiésemos hecho esto y otro gallo cantaría. Algo así nos ocurre con el tema de los homicidios en México. Al nalizar el año el responsable de seguridad argumentaba, en este mismo diario, que a pesar de las estadísticas el contexto del nal del 17 es muy diferente al que ocurrió al terminar el sexenio anterior en materia de homicidios. No es cuestión de extenderse demasiado en la caracterización del contexto, las cifras son contundentes. Volviendo al ejemplo de la familia si el niño tiene 39 de ebre resulta inútil que el padre le diga la madre que si hubiesen llamado al doctor Domínguez el niño no tendría esa temperatura o bien que la madre insista en que la calentura es producto de una infección intestinal y no de una infección en la garganta. La lógica de comunicación en este caso funciona para que tranquilizar a cada una de sus partes, pero la discusión es estúpida e insensata. Lo mismo ocurre con estas explicaciones forzados de que la violencia que persiste en el país tiene orígenes diferentes a los anteriores. En resumidas cuentas es exactamente lo mismo, estamos hablando de homicidios, aunque para los gobiernos resulte conveniente tratar de cargar las culpas al anterior. La meningitis no distinguirá de quien fue la culpa.

Tenemos niveles de violencia homicida que no pueden más que inquietarnos. Es claro que el estado mexicano es incapaz en ciertas regiones de inhibir a los ciudadanos de matarse unos a otros, en primera instancia porque los niveles de impunidad permiten que un homicidio pueda quedar impune. Ojo. Hay muchas experiencias sociológicas que demuestran que homo sapiens puede banalizar determinadas conductas cuando no recibe una sanción simbólico o práctica de la comunidad la que pertenece. En nuestro país parece que matar no resulta tan aberrante como en otras comunidades. No es que tengamos nada particular como grupo humano diferenciado, simplemente que algunos de los tabúes, como respetar la vida humana, son vulnerados sin consecuencia. Es igual que si de la noche la mañana el más humano de los mitos, la práctica del incesto, empezará tolerarse en algunos grupos sociales y que por miedo o por morbo nos empezáramos acostumbrar a semejante abominación. La muerte nos acompaña como parte de nuestro paisaje y vemos que cada vez más frecuentemente se habla del tema como si fuese una epidemia pasajera que algún buen gobernante frenara.

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