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¿Por qué no hay debates en México?

Leonardo Curzio


El Universal

La semana pasada fuimos convocados por el INE a debatir sobre el debate. Parece mentira que la democracia mexicana siga suspirando por sus efímeras glorias de los 90. Algo está dramáticamente mal en el país cuando en la conciencia general permanece aquello de que el mejor debate entre candidatos que hemos tenido fue el que protagonizaron Zedillo, Cárdenas y Fernández de Cevallos. El resto ha tendido a disolverse en la memoria en las anécdotas de una edecán vistosa y protagónica y la estatura de Labastida. La pregunta que subyace es por qué no hemos conseguido tener debates atractivos e interesantes entre candidatos. A mi juicio, la respuesta es que no se han alineado los incentivos para que esto ocurra empezando por un contexto de exigencia para los candidatos. La mayor parte de ellos pueden evadir la presión pública de debatir con sus oponentes porque sus porras están predispuestas a protegerlos, son verdaderas hordas de defensores los que protegen a sus abanderados y solapan que no hagan un ejercicio de razón pública. En cierto sentido son agitadores de palmas o auténticas porristas con minifalda a las que les da igual si se está dando un buen partido en el campo o no, para ellas el tema es agitar banderas y poner buena cara.

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