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No es lo que soñamos para ellos

Escrito por Víctor Espinoza el .

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En los años ochenta, los que vivíamos en el Distrito Federal escuchábamos infinidad de historias sobre la inseguridad que se padecía en la ciudad. Bastaba que en cualquier grupo alguien mencionara alguna experiencia negativa para que todos recordaran algún episodio personal o conocido. La mayoría afirmaba haber estado cercano a una experiencia con la delincuencia. Se hablaba mucho de delitos del orden común y menos de aquellos perpetrados por la llamada “delincuencia organizada”. En lo personal sufrí varios asaltos o robos en el periodo de cinco años que viví en la capital.

Se padecía una zozobra generalizada, pues se respiraba la vulnerabilidad, en gran parte derivada de las historias que se escuchaban. Es decir, la percepción de inseguridad era cotidiana. Se contaban experiencias terribles derivadas de abordar un “taxi libre”. Hoy, esa percepción del peligro cotidiano se ha extendido a gran parte del territorio nacional. Ya no se trata de un puñado de entidades donde la amenaza de padecer un delito es cosa cotidiana. Pero el problema se multiplica cuando agregamos los estragos de los actos cometidos por la delincuencia organizada. La violencia y crueldad han ido en aumento.

Es difícil sustraerse a esta amarga realidad. La filosofía de autoayuda o propaganda de motivación personal sucumben frente a lo que nos está sucediendo a los mexicanos. La inseguridad se asoma por todos los resquicios de nuestra vida cotidiana. Es peligrosísimo pues ante la primera reacción lógica de negarlo, surgen y se multiplican las voces pidiendo reaccionar con violencia a la violencia: ojo por ojo. Es común escuchar que lo que se requiere es “mano dura”, una especie de vengador oficial. La violación de derechos humanos pasa a segundo plano. Se pide a alguien que de un manotazo acabe con la delincuencia. La trampa es que sí existe quien se propone como el que hará el trabajo sucio para terminar con los delitos. Vaya trampa en la que estamos metidos

Es muy difícil ser objetivo cuando la muerte llega tan cerca. Cuando acaban con la vida de tantos jóvenes, de muchos quienes su único delito fue estar en el lugar y la hora equivocados. En el momento en que la violencia se generaliza, ni las precauciones sirven. Hoy nos sentimos destrozados por la muerte absurda de Adalberto Canto, un joven estudiante bajacaliforniano al que cortaron las alas y con ello destrozaron a sus padres, familiares y  amigos. No soporto el dolor de ver llorar a sus compañeros que no se explican por qué a él, por qué a Adal le hicieron ese daño. Estos jóvenes que dejarán de creer en el futuro del país, que estudian con ahínco para enfrentarse con esa realidad: un país donde la vida ya no importa, una sociedad que se desangra día a día. Donde la sensación es que cada vez la situación empeorará. 

Siento rabia, impotencia, tristeza infinita. Todos hemos fallado, pero la responsabilidad mayor es de las autoridades. No se vale escudarse en palabras vanas, o en responder que se va a “investigar hasta las últimas consecuencias”, es lo misma retahíla siempre que hay un episodio violento. Tampoco justificar su inacción aludiendo a que determinado problema no es del “ámbito de su competencia”. Al aceptar el cargo se asume una responsabilidad frente a la sociedad. Los funcionarios deben rendir cuentas y si no pueden con el paquete, “pues que renuncien” como diría Alejandro Martí.

Este país no es el que soñamos para nuestros hijos. Este país se encuentra al borde del precipicio. El Estado brilla por su ausencia; los ciudadanos se encuentran desamparados. Es un momento de decisión. El cambio ya no puede esperar. Lo tenemos que hacer por nuestros hijos, por nuestros padres, por la memoria de nuestros abuelos,  por nuestros amigos: por los padres de Adal, por los amigos de Adal; por los sueños truncos de nuestro sobrino sonriente

 

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