Asociados en la prensa

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¿Políticas públicas?

Escrito por Víctor Espinoza el .

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Un reportaje firmado por la periodista Martha Martínez, titulado “Miseria en la cuna de Solidaridad” (Frontera, 22/05/2017, pp. 32-33), da cuenta del fracaso del Programa (Nacional de) Solidaridad, el que fuera el programa social estrella durante la administración de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). 

Como es sabido, Salinas de Gortari fue el artífice de la transformación del modelo de crecimiento económico en nuestro país. Sentó las bases para lo que ha sido el largo camino neoliberal hasta nuestros días. Desde entonces han pasado 4 presidentes de la República (dos del PRI y dos del PAN) y las políticas económicas y sociales no se han modificado en lo sustantivo. En todo caso, la demonización de Salinas de Gortari proviene de un  deslinde, más por cuestiones político-ideológicas, que por razones de tipo técnico-económico. “Liberalismo social”, le llamó Salinas de Gortari a su estrategia compensatoria para paliar los estragos del ajuste económico, vía privatización y contracción gubernamental. 

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Francia: un electorado popular dividido

Escrito por Foro Internacional Anahuac el .

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Por Yann Marcadet y Luz Elena Navarro Díaz

 

 Emmanuel Macron obtuvo poco más de 66% de los votos el domingo 7 de mayo en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa. Muchos comentaristas se congratularon en seguida por esta victoria franca del candidato neoliberal. Menos s los que insistieron sobre el resultado histórico de la candidata del partido de ultraderecha Frente Nacional (FN), Marine Le Pen: nunca antes este partido había atraído a casi 34% de los votantes en una elección presidencial (Jean-Marie Le Pen, padre de Marine, soló obtuvo 18% en la segunda vuelta de la elección de 2002). ¿Cómo el FN logró alcanzar entonces este nivel de popularidad? Su éxito electoral relativo reside en los esfuerzos por captar al electorado popular.

 

Durante la campaña electoral, se organizaron encuentros políticos en muchas ciudades obreras, comunas rurales o ciudades portuarias, con el objetivo de ganar al electorado con dificultades sociales que sufre los impactos negativos de la globalización económica, como el desempleo, la desaparición progresiva del Estado de bienestar y el estancamiento de los salarios. Como consecuencia, los pescadores, agricultores y obreros se movilizaron masivamente hacia el FN: por ejemplo, según el Instituto Ipsos, 56% de los obreros votaron en la segunda vuelta por Le Pen.

 

Estos electores tienen la impresión de que la ascensión social es cada vez más difícil y el sentimiento de que los partidos de izquierda han fallado, abandonando poco a poco su tradicional discurso marxista para adoptar una postura favorable al libre mercado, proponiendo solamente unas medidas menores para regular el nuevo sistema neoliberal. El FN buscó entonces diversificar su discurso apropiándose temáticas sociales, como, por ejemplo, la defensa de la seguridad social. Una de las estrategias empleadas fue distribuir folletos simulando una carte Vitale (tarjeta del seguro médico francés) que indicaba “Con Marine, protejamos 100% la salud de los franceses”, para posicionarse claramente en contra de una posible privatización del sector.

 

Este discurso humanista contribuyó, así, a dar una imagen aceptable del partido de ultraderecha que tiene, sin embargo, otras ideas totalmente intolerables, como el rechazo visceral hacia los extranjeros y los musulmanes. La tendencia hacia un discurso social es parte de un esfuerzo de “desdiabolización” del FN que empezó cuando Marine Le Pen llegó a la presidencia del partido en enero de 2011. Además de obtener la simpatía de las clases populares, históricamente de izquierda, esta nueva dirección tenía que hacer olvidar las posiciones antisemitas de Jean-Marie, que repulsaba a millones de electores potenciales.

 

Hasta ahora, esta estrategia es exitosa. Sin embargo, parece que para continuar convenciendo a muchos electores de las clases populares, en el futuro el FN tendrá que combatir un nuevo adversario: la Francia Insumisa (FI) de Jean-Luc Mélenchon, movimiento de izquierda comparable a Podemos en España, que obtuvo un resultado inédito de 19% en la primera vuelta. La FI llegó incluso primera en muchas ciudades populares de Francia, como en el suburbio parisino o en Marsella. Tal vez, próximamente, esta izquierda ciudadana logrará atraer a más electores de las clases populares, hoy en día muy divididas electoralmente.

 

Fuente: Excelsior 

Twitter: @anahuac

 

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Estados Unidos y México: el autoengaño

Escrito por Cecilia Soto el .

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La que hace décadas era la economía del trasiego de drogas, influida directamente por los mecanismos de la oferta y la demanda a los que se refirieron los funcionarios estadunidenses, hoy es una economía diversificada que incluye numerosas modalidades de delitos, muchas de ellas independientes del tráfico de drogas. Tanto es así que esta economía ha podido resistir con éxito la legalización del uso terapéutico y lúdico de la mariguana en varios estados norteamericanos y una producción cercana a la autosuficiencia.

 

 

Centrar una estrategia de reducción de la violencia en hacer ver a los consumidores de drogas estadunidenses el mal que hacen a México, como lo declaró John Kelly, parece más bien el mensaje de un pastor cristiano que la declaración de un estratega responsable de la seguridad interior del vecino. “Si los americanos entendieran que usar drogas por diversión automáticamente termina en pérdidas de vidas en México, Colombia o Centroamérica y en la muerte de periodistas, policías, soldados… se reduciría significativamente el dinero proveniente de los enervantes y, en consecuencia, las ganancias que generan”. El Presidente al que representan los mencionados funcionarios ha fomentado un arraigado sentimiento antimexicano en vastas regiones de su país. El argumento de Kelly es peligroso, pues los puede invitar a consumir más drogas.

 

La premisa de la declaración de Kelly es la racionalidad del consumidor. Un autoengaño probado a saciedad por la corriente de la economía conductual, por la crisis financiera de 2008, en la que miles de individuos aprovecharon la desregularización para destruir la economía, incluyendo la suya y, sobre todo, por los frecuentes ejemplos de nuestra vida diaria, incluyendo el resultado irracional de las elecciones en Estados Unidos. El componente irracional (o incomprensible) de la conducta humana es, en muchas circunstancias, el que prevalece. Kelly también hizo gala de ignorancia al declarar que en Estados Unidos nunca se había intentado reducir la demanda de drogas. Pero durante el gobierno de Reagan se lanzó la campaña Just say no (Simplemente niégate), en la que —como hoy—  también se quiso incluir a Hollywood. La industria cinematográfica y los consumidores just said no  a las buenas intenciones de Reagan.

 

En cuanto a la responsabilidad compartida, es un mito y no precisamente genial. La carga y los costos de contribuir a la seguridad del vecino, los muertos, la violencia, el tráfico de armas, la proliferación de delitos, nada de eso es compartido. Es verdad que Estados Unidos ha compartido inteligencia para llevar a cabo una estrategia de descabezamiento de los cárteles, lo que constituye un ejemplo de libro de texto del tipo de acciones que provocan “consecuencias no deseadas”.

 

El último caso de las consecuencias no previstas es el de la cruenta guerra por el control territorial de los dominios del Cártel de Sinaloa, desatada a raíz de la deportación de El Chapo Guzmán a Estados Unidos. La detención de El licenciado, Dámaso López, ha sido señalada como una de las causas que llevaron al asesinato del periodista y escritor Javier Valdez. Carlos Lauría, del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), describe en The New York Times la conversación que tuvo con Valdez el 5 de mayo: “Javier sonaba incómodo y dijo que el clima en Culiacán era tenso. Dijo que había decidido no hablar públicamente de la violencia de los cárteles después de la detención del líder del jefe sinaloense”.

 

El alambicado reglamento del Mecanismo para la protección de personas defensoras de  derechos humanos y periodistas, otro autoengaño, éste del gobierno mexicano, descansa conceptualmente en el deseo del periodista a ser protegido. Éste no es un caso muy común dada la desconfianza que hay hacia las autoridades gubernamentales encargadas de la seguridad, especialmente las locales. Al parecer ese fue el caso de Javier Valdez, que no pidió protección. Pero la obligación del Estado es proteger a estos defensores de la libertad de expresión. El artículo 52 del reglamento plantea: “Cuando no medie solicitud, si una entidad conoce una situación de riesgo en la que se encuentre una persona defensora de los derechos humanos o un periodista, deberá hacer de su conocimiento a la Unidad de Casos  y Reacción Rápida para que se realicen las diligencias necesarias, a fin de contactar a las personas y, en caso que se otorgue consentimiento, se inicie el procedimiento”. Esto no se hizo y se facilitó el atentado contra el periodista. Hoy hay que proteger a RíoDoce, esclarecer el asesinato de Javier Valdez, rediseñar el mecanismo de protección fuera de Gobernación, darle recursos como ha demandado la CNDH y, sobre todo, dejar de autoengañarse.

 

Fuente: Excélsior

Twitter: @ceciliasotog

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No es lo que soñamos para ellos

Escrito por Víctor Espinoza el .

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En los años ochenta, los que vivíamos en el Distrito Federal escuchábamos infinidad de historias sobre la inseguridad que se padecía en la ciudad. Bastaba que en cualquier grupo alguien mencionara alguna experiencia negativa para que todos recordaran algún episodio personal o conocido. La mayoría afirmaba haber estado cercano a una experiencia con la delincuencia. Se hablaba mucho de delitos del orden común y menos de aquellos perpetrados por la llamada “delincuencia organizada”. En lo personal sufrí varios asaltos o robos en el periodo de cinco años que viví en la capital.

Se padecía una zozobra generalizada, pues se respiraba la vulnerabilidad, en gran parte derivada de las historias que se escuchaban. Es decir, la percepción de inseguridad era cotidiana. Se contaban experiencias terribles derivadas de abordar un “taxi libre”. Hoy, esa percepción del peligro cotidiano se ha extendido a gran parte del territorio nacional. Ya no se trata de un puñado de entidades donde la amenaza de padecer un delito es cosa cotidiana. Pero el problema se multiplica cuando agregamos los estragos de los actos cometidos por la delincuencia organizada. La violencia y crueldad han ido en aumento.

Es difícil sustraerse a esta amarga realidad. La filosofía de autoayuda o propaganda de motivación personal sucumben frente a lo que nos está sucediendo a los mexicanos. La inseguridad se asoma por todos los resquicios de nuestra vida cotidiana. Es peligrosísimo pues ante la primera reacción lógica de negarlo, surgen y se multiplican las voces pidiendo reaccionar con violencia a la violencia: ojo por ojo. Es común escuchar que lo que se requiere es “mano dura”, una especie de vengador oficial. La violación de derechos humanos pasa a segundo plano. Se pide a alguien que de un manotazo acabe con la delincuencia. La trampa es que sí existe quien se propone como el que hará el trabajo sucio para terminar con los delitos. Vaya trampa en la que estamos metidos

Es muy difícil ser objetivo cuando la muerte llega tan cerca. Cuando acaban con la vida de tantos jóvenes, de muchos quienes su único delito fue estar en el lugar y la hora equivocados. En el momento en que la violencia se generaliza, ni las precauciones sirven. Hoy nos sentimos destrozados por la muerte absurda de Adalberto Canto, un joven estudiante bajacaliforniano al que cortaron las alas y con ello destrozaron a sus padres, familiares y  amigos. No soporto el dolor de ver llorar a sus compañeros que no se explican por qué a él, por qué a Adal le hicieron ese daño. Estos jóvenes que dejarán de creer en el futuro del país, que estudian con ahínco para enfrentarse con esa realidad: un país donde la vida ya no importa, una sociedad que se desangra día a día. Donde la sensación es que cada vez la situación empeorará. 

Siento rabia, impotencia, tristeza infinita. Todos hemos fallado, pero la responsabilidad mayor es de las autoridades. No se vale escudarse en palabras vanas, o en responder que se va a “investigar hasta las últimas consecuencias”, es lo misma retahíla siempre que hay un episodio violento. Tampoco justificar su inacción aludiendo a que determinado problema no es del “ámbito de su competencia”. Al aceptar el cargo se asume una responsabilidad frente a la sociedad. Los funcionarios deben rendir cuentas y si no pueden con el paquete, “pues que renuncien” como diría Alejandro Martí.

Este país no es el que soñamos para nuestros hijos. Este país se encuentra al borde del precipicio. El Estado brilla por su ausencia; los ciudadanos se encuentran desamparados. Es un momento de decisión. El cambio ya no puede esperar. Lo tenemos que hacer por nuestros hijos, por nuestros padres, por la memoria de nuestros abuelos,  por nuestros amigos: por los padres de Adal, por los amigos de Adal; por los sueños truncos de nuestro sobrino sonriente

 

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Días de perros

Escrito por Gabriel Guerra el .

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Se le llama así a esos días de insoportable calor en pleno verano y no porque algo tengan que ver con los también conocidos como mejores amigos del hombre. No, la referencia es más bien astronómica y alude a un acontecimiento en la constelación de Can, que coincide con los meses de julio a septiembre, los más calurosos en la Europa mediterránea.

En México este mayo ha sido insoportablemente caluroso. Los días de perros se nos han adelantado, exacerbando lo mismo los niveles de contaminación que los de irritación. Las cosas no están como para desahogarse haciendo ejercicio físico y entonces no nos queda más que la contemplación, la lectura y el letargo, elementos indispensables para las mentes traviesas, o malignas, dirían algunos.

<p>Termino de leer una novela de Philip Roth, el gran Philip Roth, que aunque situada en los años 40 del siglo pasado bien podría ser una crónica contemporánea, o un texto futurista. The Plot Against America nos lleva a ese periodo de la historia en el que, ante la sombra nazi-fascista que se proyectaba sobre el mundo proveniente de Europa, algunos en Estados Unidos de América abogaban por la no participación, por la neutralidad en el conflicto mundial que se avecinaba.

Liderado por algunos de los republicanos más profundamente de derecha, el movimiento en contra del involucramiento tomó el sencillo y simplista nombre de “America First”. Sus simpatías y afinidades con la Alemania nazi se fueron haciendo cada vez más evidentes, como lo fue también su creciente (o más impúdico) antisemitismo. Roth imagina un escenario en el que las fuerzas aislacionistas ganan la presidencia de EU en 1940 con un candidato épico, el piloto Charles Lindbergh y comienzan a implementar sus políticas discriminatorias y de odio.

Más impactante aun es la manera en la que, en la novela, muchos estadounidenses comunes y corrientes, blancos y cristianos, hacen suyas esas medidas y, alentados por el discurso de odio y exclusión de la Casa Blanca, revelan el feo rostro de la discriminación tras la máscara de civilidad WASP que usan diariamente.

Tanto o más impresionante es ver cómo las instituciones diseñadas para ser contrapeso del poder ejecutivo fracasan, o ni siquiera intentan cumplir con su función básica, primordial. Ni el poder legislativo, ni el judicial, ni el autodenominado cuarto poder de los medios de comunicación pueden, o quieren, acotar los ímpetus nazi-fascistas de Lindbergh y sus aliados.

Las coincidencias con lo que hoy sucede en EU son obvias, y hacen de esta obra, probablemente la mejor de Roth, una advertencia para actuales y futuras generaciones: no importa el maquillaje, los andamios, la escenografía, las democracias son solo tan fuertes como las sociedades, los valores, los individuos que las conforman.

Y ahí, para nosotros en México, una moraleja: hay que concentrarse en identificar a los verdaderos enemigos de la democracia, de la sociedad, del país mismo, y dejarse de retórica y politiquería baratas.

Hace unos días reflexionaba yo al respecto en redes sociales, a propósito del conflicto huachicolero y de los asesinatos de periodistas. Las reacciones me sorprendieron y entristecieron: la gran mayoría culpa al gobierno de todo, y tienen razón en lo que a omisiones, corrupción, complicidades (personales o institucionales) respecta. Pero nadie, nadie, culpa al narco, al crimen organizado que se ha metido en todos los rincones de este nuestro país.

Ese es nuestro enemigo y sería bueno recordarlo antes de que, en medio de las campañas electorales, se nos olvide de nuevo.

 

Fuente: El Universal

 

 

Twitter: @gabrielguerrac

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No es lo que soñamos para ellos

Escrito por Víctor Espinoza el .

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En los años ochenta, los que vivíamos en el Distrito Federal escuchábamos infinidad de historias sobre la inseguridad que se padecía en la ciudad. Bastaba que en cualquier grupo alguien mencionara alguna experiencia negativa para que todos recordaran algún episodio personal o conocido. La mayoría afirmaba haber estado cercano a una experiencia con la delincuencia. Se hablaba mucho de delitos del orden común y menos de aquellos perpetrados por la llamada “delincuencia organizada”. En lo personal sufrí varios asaltos o robos en el periodo de cinco años que viví en la capital.

Se padecía una zozobra generalizada, pues se respiraba la vulnerabilidad, en gran parte derivada de las historias que se escuchaban. Es decir, la percepción de inseguridad era cotidiana. Se contaban experiencias terribles derivadas de abordar un “taxi libre”. Hoy, esa percepción del peligro cotidiano se ha extendido a gran parte del territorio nacional. Ya no se trata de un puñado de entidades donde la amenaza de padecer un delito es cosa cotidiana. Pero el problema se multiplica cuando agregamos los estragos de los actos cometidos por la delincuencia organizada. La violencia y crueldad han ido en aumento.

Es difícil sustraerse a esta amarga realidad. La filosofía de autoayuda o propaganda de motivación personal sucumben frente a lo que nos está sucediendo a los mexicanos. La inseguridad se asoma por todos los resquicios de nuestra vida cotidiana. Es peligrosísimo pues ante la primera reacción lógica de negarlo, surgen y se multiplican las voces pidiendo reaccionar con violencia a la violencia: ojo por ojo. Es común escuchar que lo que se requiere es “mano dura”, una especie de vengador oficial. La violación de derechos humanos pasa a segundo plano. Se pide a alguien que de un manotazo acabe con la delincuencia. La trampa es que sí existe quien se propone como el que hará el trabajo sucio para terminar con los delitos. Vaya trampa en la que estamos metidos

Es muy difícil ser objetivo cuando la muerte llega tan cerca. Cuando acaban con la vida de tantos jóvenes, de muchos quienes su único delito fue estar en el lugar y la hora equivocados. En el momento en que la violencia se generaliza, ni las precauciones sirven. Hoy nos sentimos destrozados por la muerte absurda de Adalberto Canto, un joven estudiante bajacaliforniano al que cortaron las alas y con ello destrozaron a sus padres, familiares y  amigos. No soporto el dolor de ver llorar a sus compañeros que no se explican por qué a él, por qué a Adal le hicieron ese daño. Estos jóvenes que dejarán de creer en el futuro del país, que estudian con ahínco para enfrentarse con esa realidad: un país donde la vida ya no importa, una sociedad que se desangra día a día. Donde la sensación es que cada vez la situación empeorará. 

Siento rabia, impotencia, tristeza infinita. Todos hemos fallado, pero la responsabilidad mayor es de las autoridades. No se vale escudarse en palabras vanas, o en responder que se va a “investigar hasta las últimas consecuencias”, es lo misma retahíla siempre que hay un episodio violento. Tampoco justificar su inacción aludiendo a que determinado problema no es del “ámbito de su competencia”. Al aceptar el cargo se asume una responsabilidad frente a la sociedad. Los funcionarios deben rendir cuentas y si no pueden con el paquete, “pues que renuncien” como diría Alejandro Martí.

Este país no es el que soñamos para nuestros hijos. Este país se encuentra al borde del precipicio. El Estado brilla por su ausencia; los ciudadanos se encuentran desamparados. Es un momento de decisión. El cambio ya no puede esperar. Lo tenemos que hacer por nuestros hijos, por nuestros padres, por la memoria de nuestros abuelos,  por nuestros amigos: por los padres de Adal, por los amigos de Adal; por los sueños truncos de nuestro sobrino sonriente

 

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Atrás o adelante

Escrito por Luis Rubio el .

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Lo único implacable de la vida es el tiempo que ya pasó y así, en materia política, el país se acerca al inicio de la sucesión presidencial. Se afinan las posturas, afloran múltiples candidaturas y, poco a poco, se va perfilando la última etapa del ciclo sexenal. Como escribiera Miguel de Cervantes, “no es posible que el mal ni el bien sean durables… así que no debes congojarte por las desgracias…” El panorama se aclara, evidenciando las carencias, sobre todo la obvia: por qué, después de tantas décadas de reformas y buenos deseos, el país sigue atorado, siendo incapaz de dar ese gran salto adelante que caracteriza a tantas sociedades exitosas en el mundo.

En su discurso de aceptación del premio Nobel, Albert Camus anticipó lo que le ha pasado a nuestro país en estas décadas: “Indudablemente cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe que no lo logrará… Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones fracasadas… y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no sabe convencer…”

Todos los gobiernos llegan a su inauguración con la certeza de que ellos sí sabrán cambiar al mundo, que todos sus predecesores eran torpes e ineptos. Quizá nadie como Trump en este sentido, pero el fenómeno es universal: por promesas ningún candidato para; todos creen que dejarán una huella imborrable, los cimientos del futuro. Así comenzó el gobierno del presidente Peña, quien, con toda fanfarria, lanzó una serie de iniciativas y estrategias, tanto de reforma como de forma de gobernar, que acabaron arrojando un saldo mixto: avances legislativos (casi) sin precedente, pero una realidad cotidiana en creciente deterioro. Parte de esto fue producto de las contradicciones inherentes al propio gobierno, pero mucho de ello no distinto a lo que le ha ocurrido al país en el último medio siglo.

La contradicción de fondo no es privativa del gobierno actual: es la misma piedra con la que se han tropezado todos los gobiernos desde los ochenta. En días pasados tuvimos una ventana de oportunidad que permitió observar uno de los muchos ejemplos que ilustran la incapacidad de romper con el viejo sistema político. El caso de los ladrones de combustibles, los llamados “huachicoleros,” es sugerente del problema de fondo; más allá del enorme costo tanto económico como de legitimidad para el sistema de gobierno que representa la impunidad en este y todos los demás asuntos nacionales, la realidad es que no existe incentivo alguno para limitar, impedir o castigar a quienes incurren en este delito por una razón muy simple: hay huachicoleros que son detenidos hasta dos y tres veces en un mismo día y, luego de pagar una multa simbólica, salen en libertad para seguir con sus fechorías. Lo hacen porque no es un delito grave, es decir, que no implica cárcel; por lo tanto, aún con las policías que tenemos, el incentivo para aprehender a estos delincuentes es negativo porque no hay consecuencias. La pregunta relevante no es por qué se roban el combustible (eso es obvio), sino por qué no se trata de un delito grave que sirviera, al menos en principio, como un factor disuasivo. La respuesta evidente es que hay poderosos intereses políticos, sindicales y criminales que se benefician del statu quo y tienen el poder suficiente, o la capacidad de amenaza necesaria, para preservarlo.

Lo mismo es cierto en todos los ámbitos de la vida nacional: no hay reforma -económica, política, laboral o de derechos civiles o humanos- que no afecte a poderes enquistados que, por décadas, han depredado del sistema y expoliado al erario de manera directa o indirecta. Esos intereses han logrado que las reformas, desde las modestas hasta las más ambiciosas, nunca lleguen a arrojar todos sus beneficios, pues eso implicaría alterar el statu quo del cual se benefician. Así, las reformas no avanzan ni traen beneficios plausibles, creando un círculo vicioso: la reacción -y los reaccionarios- en este mundo las desacreditan, prometiendo retornar al mundo idílico del pasado. Y ahí se cruza la realidad cotidiana con el asunto electoral en ciernes.

La reciente elección francesa estableció un nuevo parangón. En contraste con la estadounidense del año pasado, en que Trump abrazaba posturas cada día más extremas y Hillary no hacía sino prometer lo mismo pero un poquito menos (ej. el TPP), los candidatos franceses no perdieron el tiempo: Le Pen proponía un retorno al pasado en tanto que Macron planteaba una ambiciosa agenda propositiva, benéfica y arrojada, lo vivido contra el futuro, la nostalgia frente a la esperanza. Me pregunto si habrá algún candidato en México capaz de plantear un futuro distinto, una oportunidad esperanzadora para una sociedad sumida en la desazón. Romper el círculo vicioso.

El pasado ya lo conocemos y ese es justamente el de los intereses que yacen detrás del poder del viejo sistema político y que, como ilustran los huachicoleros, no fueron perturbados ni por los gobiernos del PAN. México necesita un nuevo régimen político: ojalá los aspirantes que con tanto ahínco se pelean por las candidaturas, tengan también la visión, y el temple, para romper con el viejo régimen que todo lo carcome.

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Otro Alt–Control–Del

Escrito por Julio Madrazo el .

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El domingo Juan Pardinas usa la acción de “Alt-Control-Del” como analogía de la urgencia de “reformatear” el disco duro de la política de seguridad y drogas en México. Después de 12 años de violencia y 210 mil muertos, Pardinas propone acertadamente que modifiquemos por completo la política y regulemos el uso de mariguana y otras drogas, para acabar con el tablero de la “guerra”. ¡Tan sólo este año van seis periodistas asesinados!

En el centro de este debate se encuentran dos leyes indispensables para fortalecer el marco legal y el diseño institucional del país para atacar la inseguridad y enfrentar al crimen organizado: la ley de seguridad interior y la ley de policías. Ambas llevan años empantanadas, en un debate entre sordos, que ya dejó de ser racional.

Urge darle un marco distinto a las Fuerzas Armadas, pero urge también garantizar que tengamos una policía de primer mundo. ¿Cómo regresar “paulatinamente” al Ejército y a la Marina a sus cuarteles, sin una policía que nos proteja? Los gobernadores llevan décadas eludiendo la responsabilidad de tener una policía profesional, eficaz, honesta. Son los primeros (es más fácil) en pedir ayuda a la Federación. Mientras tanto el crimen organizado sigue haciéndose más poderoso, con una posición dominante en más ámbitos de la economía y en nuevos mercados.

Estas dos leyes no se pueden trabajar ni ver como cosas aisladas. Son dos lados de la misma moneda: lo que se haga en materia de seguridad interior y lo que se haga para refundar las policías están íntimamente relacionados. En este debate, además del Ejecutivo y los legisladores, están involucrados expertos, académicos y organizaciones de derechos humanos. Como dice Pardinas, también en esto se requiere de “reformatear” el disco duro.

Hoy no hay una verdadera solución en la mesa. Hay que construirla entre quienes ya están trabajando en estos temas. Debemos encontrar la manera de tener una Policía Federal con 70 mil agentes, y el camino para construir verdaderas policías estatales, al mismo tiempo que se apruebe una Ley de Seguridad Interior.

 

Fuente: El Financiero

 

 

Twitter: @julio_madrazo

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¿El principio del fin?

Escrito por Enrique Berruga el .

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No puede afirmarse a la ligera que los días de Donald Trump como presidente de EU estén contados. Sin embargo, después de pasar unos días en Washington, al menos en esa ciudad —la más politizada e informada en Estados Unidos— la impresión que me traje es que será muy difícil que el empresario concluya su primer período presidencial.

Es cierto que durante el proceso electoral cometió errores garrafales, dijo cosas por demás descabelladas y, al final, salía fortalecido en la imagen de rebelde anti sistémico que se propuso proyectar. Pero en la Casa Blanca no puede ser el irresponsable, el enfant terrible que le venga en gana. Está en su derecho de imponer un estilo propio de actuar y gobernar, pero no puede violar la ley sin que haya consecuencias graves. Y es probable que haya cruzado esa línea al menos en dos ocasiones.

Trump enfrenta dos asuntos que pueden poner fin a su presidencia y los dos tienen que ver directamente con Rusia. El primero se refiere a la destitución del director del FBI, James Comey, quien al momento de su defenestración estaba solicitando más recursos humanos y tecnológicos para investigar la manera en que los rusos intervinieron en la campaña presidencial y, específicamente, los nexos y apoyo que le habrían brindado a Trump. Cuando Richard Nixon dimitió a la presidencia, los cargos se centraban en un caso de espionaje de los republicanos a los demócratas en el Hotel Watergate. En el affaire Trump el asunto es más grave, pues no se trata de unos norteamericanos espiando a otros, sino del involucramiento de un gobierno extranjero en el proceso democrático de Estados Unidos. Cuando Comey se acercaba a resolver el caso, el presidente Trump lo cesó de manera fulminante.

El día siguiente a su destitución sería el peor que ha vivido Trump hasta la fecha. El director interino del FBI, Andrew McCabe, advirtió ante el Senado que podían remover al director de la corporación, pero la investigación sobre los nexos de Trump con los rusos continuaría. El Presidente nombrará a otro director del FBI, alguien que le sea leal y esté dispuesto a obstaculizar las investigaciones. Se barajan los nombres de Rudolph Giulani y de Chris Christie, ambos cercanos al ocupante de la Casa Blanca. Dependerá de la mayoría de senadores republicanos que el candidato de Trump sea o no ratificado. Lo más probable es que, si el nominado no da muestras de ser independiente, el Congreso lo rechazará. Otro golpe.

Si a este episodio sumamos la extrañísima reunión que sostuvo Trump con el canciller de Rusia, Sergei Lavrov, el rompecabezas comienza a completarse. A la Oficina Oval no tuvieron acceso más que la delegación rusa, incluido el fotógrafo oficial que también era ruso. El único registro gráfico que existe de esa reunión lo tomó un reportero de la agencia oficial de noticias de Moscú. Por supuesto no se emitió un comunicado conjunto, ni un informe de lo conversado esa tarde. Dos días después se sabría que Trump les confió información de inteligencia que a su vez Israel le había proporcionado a Estados Unidos. Se defiende Trump diciendo que como Presidente tiene el derecho para divulgar los secretos que le parezcan convenientes. Es cierto, tiene el derecho. Lo que no explica, y esto viene desde el día uno en que lanzó su campaña a la Presidencia, son las razones por las que admira tanto y es tan leal al gobierno de Vladimir Putin. En Washington se especula que la ayuda que recibió de los rusos durante su campaña debió ser tan relevante, tan considerable, que ahora en la Casa Blanca no sólo se ve obligado a pagarles el favor sino a poner en riesgo su propia presidencia para ocultar los acuerdos y los compromisos que fraguó con el gobierno ruso. Si el FBI persevera en sus investigaciones y los republicanos le retiran el respaldo político, seremos testigos de la presidencia más corta en la historia de Estados Unidos.

 

Fuente: El Universal

 

 

Twitter: @enriqueberruga

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Lecciones de Macron para México y Estados Unidos

Escrito por Luis de la Calle el .

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El resultado electoral de Francia representa tres lecciones para México, pero también para Estados Unidos. La primera de ellas se refiere a la tasa de participación ciudadana, una más a la existencia de la segunda vuelta y la tercera al apego a y uso de la verdad.

La baja participación ciudadana en la jornada electoral es bastante común en los países donde no es obligatorio votar. Este mal es particularmente agudo en Estados Unidos en cuyas elecciones con frecuencia vota menos de 50% de los electores. En México, la tasa de participación es un poco más alta, hasta 63% en elecciones presidenciales, pero mucho más baja en comicios estatales y locales. En Francia, en cambio es mucho más alta, a pesar de que hay dos vueltas y que la elección para la Asamblea Nacional tiene lugar un mes después de la presidencial. Es decir, los franceses acaban votando cuatro veces en un espacio de dos meses y lo hacen de forma masiva. En esta última elección votó el 75%, porcentaje considerado bajo y explicado por la ausencia de los grandes partidos en la segunda vuelta.

La principal razón para la derrota de Marine Le Pen del Frente Nacional es, precisamente, la alta participación ciudadana. Su posicionamiento como candidata extremista hace casi imposible que pueda ganar cuando la enorme mayoría de los votantes sale a expresar sus preferencias. En Estados Unidos se tiene el fenómeno inverso: es el abstencionismo lo que permite que un candidato, y ahora presidente, impresentable como Donald Trump haya ganado. De su triunfo son también culpables todos aquellos que optaron por no ejercitar sus derechos ciudadanos. No pueden ahora argumentar que ellos no votaron por Trump y por lo tanto no tienen responsabilidad sobre lo que pase. La realidad es que su abstención hizo posible el éxito de un candidato extremista.

En México, la falta de participación ciudadana ha servido a lo largo de la historia para reducir el número de opciones y obstaculizar la alternancia. Es claro que el PRI se ha beneficiado históricamente de la baja participación y que tiene dificultades para salir avante en un cotejo electoral cuando es alta. La próxima elección en el Estado de México confirma este patrón ya que la viabilidad del PRI depende de la apatía ciudadana: si el voto es masivo, puede ganar cualquiera de los candidatos, si es escaso, ganará el PRI.

La siguiente gran lección del triunfo de Macron es la importancia de la segunda vuelta. No tanto como mecanismo para excluir opciones políticas como pudiera argumentar Morena en México (en el resto de América Latina casi todos los candidatos de izquierda que han ganado lo hicieron en segunda vuelta), sino porque su existencia permite que las barreras de entrada a la primera sean mucho más bajas.

En Francia es relativamente fácil anotarse para participar en la primera vuelta y formar un movimiento o partido político. Y es fácil ya que se sabe que la abrumadora mayoría de candidatos no puede seguir en la segunda vuelta a la que sólo pasan los dos punteros. Es decir, es la existencia de la segunda vuelta la que permite que las barreras de entrada a la primera sean franqueables y lo que explica que Emmanuel Macron haya podido formar un movimiento y una candidatura exitosos en tan sólo poco más de un año. En México, esto sería impensable. Por desgracia, ni Gustavo Madero cuando fue presidente del PAN y podía haber negociado la reforma constitucional para permitirla en el contexto del Pacto por México, ni el presidente Enrique Peña Nieto, tuvieron la altura de miras para ciudadanizar el proceso electoral y dar al votante la última palabra en la segunda vuelta. El primero prefirió hacer un INE aún más litigioso y supervisor, mientras que el segundo se rehusó bajo el argumento de que su partido no puede ganar en segunda vuelta, en lugar de buscar la transformación del PRI. Ahora es demasiado tarde para hacerlo.

La tercera gran lección se refiere al contenido de la campaña. En primer lugar, por el formato y calidad de los debates. En Francia Le Pen y Macron debatieron por dos horas y media sin intervención de moderadores. Intercambiaron ideas, proyectos, insultos e interrupciones sin cesar y permitieron a los electores formarse una idea de la calidad intelectual, discursiva y educación de los candidatos. En México no hay todavía debates, sino monólogos.

No obstante, lo más importante reside en el segundo elemento: Macron basó su campaña en decir la verdad y proponer a los franceses una visión que para muchos era controvertida. Se presentó como un candidato a favor de la apertura, del euro y la Unión Europea. Al hacerlo tomaba un riesgo relevante, pero también hacía de la elección una de clara opción: Le Pen en contra de la participación de Francia en el mundo y por la salida del euro y de la Unión Europea, mientras que Macron por una Francia globalizada y competitiva, y por lo tanto optimista. Ella, por un país que quiere regresar a un pasado mejor que quizá no existió nunca, y él por abrazar el cambio para mejorar la condición de una Francia abierta.

Una de las razones por las que perdió Hillary Clinton es que el votante promedio no sabía si ella hablaba con la verdad. Sobre todo en materia de comercio exterior: se había pronunciado a favor de la apertura, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y del Acuerdo Transpacífico (TPP) y luego en contra. En cambio, sentían que Trump (y Bernie Sanders) les decían la verdad, que su oposición al libre comercio era genuina.

En el contexto del supuesto predominio de la post verdad, es refrescante que Macron haya ganado como un candidato que se apega a la verdad. Hay aquí una lección crucial para México en 2018: la clave para ganar estribará en proyectar una visión prospectiva de país contra la alternativa de querer regresar al México de hace 40 años que, bajo ningún parámetro objetivo, puede calificarse como mejor que la situación actual. Con la verdad, pues.

 

Fuente: El Universal

 

 

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