Asociados en la prensa

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2018

Escrito por Luis Rubio el .

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El 2018 llegó temprano gracias a Peña y a Trump, una combinación que resulta letal para las expectativas, miedos, ánimos y, sobre todo, el futuro, porque parece allanar el camino, de manera inexorable, para la presidencia de López Obrador. Esta aparente causalidad se ve reflejada en las encuestas, mismas que el propio AMLO ha procurado convertir, con enorme habilidad, en una profecía que se auto cumple. ¿Será así de fácil?

Parafraseando a H. L. Mencken, “para cada problema hay una solución simple, clara y equivocada” y ésta no es la excepción. El argumento a favor de AMLO se sustenta en cinco elementos: primero, ‘ya probamos al PRI, ya probamos al PAN, ya volvió el PRI y sigue sin funcionar.” Segundo, sólo él, un nacionalista de cepa, nos puede defender de Trump; tercero, no hay candidatos creíbles en los otros partidos; cuarto, así lo dicen las encuestas; y, finalmente, le toca. El comportamiento “presidencial” del candidato contribuye a esta fotografía.

Las encuestas dicen muchas cosas pero, a quince meses de las elecciones, son poco relevantes, máxime cuando los indecisos son, con mucho, el mayor bloque del electorado. Con un solo candidato en el panorama, las encuestas de este momento favorecen todos los prejuicios y sirven para manipular la discusión pública.

El argumento en contra del PRI radica en que este gobierno ha sido un fracaso, la popularidad del presidente hace imposible que surja un sucesor de sus filas, la corrupción ahoga al país y a todos sus potenciales candidatos y en que, a pesar de su promesa de ser un gobierno eficaz, luego de las reformas no ha dado una. Si lo anterior no fuese suficiente, en su obsesión por preservarse en el poder, el gobierno ha politizado todas sus acciones, al grado de cometer suicidio en las elecciones de junio pasado y posponer la actualización de los precios de la gasolina. En consecuencia, dice el mantra político, no hay forma que un priista pudiera ganar.

El argumento en contra del PAN reside en que sus pleitos internos lo anulan, que no existe un candidato carismático capaz de entusiasmar a la ciudadanía y, sobre todo, que ha probado ser -históricamente- un gran partido de oposición, pero uno incapaz de gobernar con efectividad.

En suma, parecería que son innecesarias las elecciones del año próximo porque se trata de un hecho consumado. Yo me pregunto si esto es de verdad tan obvio. Más allá de los evidentes avatares de cualquier contienda -los aciertos y los errores, la suerte y la mala suerte, las circunstancias económicas, y el humor de los votantes a la hora de votar- a mí me parece que es el PRI quien determinará el resultado de la elección y no AMLO.

En primer lugar, las contiendas de más de dos candidatos y una sola vuelta electoral siempre acaban siendo de dos, casi una ley de hierro de la política. En este sentido, la interrogante clave es si la contienda acabará siendo entre PRI y Morena o entre Morena y el PAN. Ceteris paribus, parece evidente que AMLO va a ser el “elefante en el salón,” el candidato a vencer.

En segundo lugar, la característica medular del momento actual es la fragmentación del electorado. En principio, hoy todos los partidos pueden ganar pues, en contraste con el pasado, el electorado ya no tiene lealtades permanentes. En adición a ello, la aparición de los independientes -uno o muchos- como candidatos a la presidencia sin partido, agrega tanto a la dispersión del voto como a su fragmentación. Tengo certeza que ninguno de los potenciales candidatos independientes puede ganar, pero todos compiten por el mismo segmento del electorado, típicamente las clases medias urbanas, justo la población que AMLO requiere para ganar más allá de su base dura en el centro del país y algunas otras localidades como Guerrero y Michoacán. Es decir, casi cada voto que va a un independiente es un voto menos para AMLO.

A lo anterior se agrega el PRD o, por lo menos, Miguel Ángel Mancera, que por más que esté tratando de construir una coalición multicolor, la medida de su éxito residiría en darle viabilidad al PRD más que ganar la presidencia. Esa candidatura divide al voto de la izquierda.

La consecuencia de todo esto es que el próximo presidente probablemente será electo con menos de 30% del voto.

En tercer lugar, con un umbral de triunfo tan bajo, la pregunta crucial es cómo votarán los priistas pues, a pesar de su impopularidad, siguen comandando el mayor voto duro del país. Algunos colocan ese voto duro en alrededor del 26% del electorado, cifra no muy distante de la necesaria para ganar la elección. Sin embargo, como se pudo observar en 2006, los priistas no votan de manera automática y garantizada: Roberto Madrazo apenas logró poco más de la mitad del voto duro de su partido en aquel momento.

Por lo tanto, mi lectura de la realidad política del momento me dice que el PRI podría ganar la elección si postula a un candidato capaz de llevar al 100% de su militancia el día de la elección. Me parece que sólo hay dos o tres priistas que podrían lograr esa faena. Así, de ser correcto mi análisis, la elección está en manos del PRI y no de AMLO. Todo dependerá del candidato que sea postulado y su capacidad para lograr que todos los priistas asistan el día de los comicios.

Twitter: @lrubiof

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¿Y por qué no?

Escrito por Víctor Espinoza el .

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Siempre se ha dicho que los mexicanos copiamos políticas o proyectos y los importamos a destiempo. Somos más creativos para copiar que para desarrollar iniciativas que ataquen los problemas de nuestras comunidades. Pero además, lo hacemos mal. Me explico.

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Peor ¿imposible?

Escrito por Luis Rubio el .

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El deterioro es lento pero seguro. Las dificultades se apilan y las expectativas empeoran. La imagen del gobierno empobrece de manera sistemática sin que nadie sea capaz de revertirla. Los partidos y pre candidatos intentan sacar raja del árbol caído, sin preocuparse por las implicaciones de su actuar, igual el PAN que el PRD, Morena o la colección de independientes: cada quien para su santo. Súbitamente sale el sol: Trump parece liberar a todos de sus penas porque ofrece la oportunidad de un problema -o enemigo- común. La unidad adquiere una dimensión cósmica: todos somos migrantes, todos somos patriotas, todos somos buenos. Todos, menos la dura realidad.

Los tiempos difíciles reclaman unidad y, en eso, el llamado del presidente es impecable. Pero un llamado no resuelve años de desdén ni deslegitima la convocatoria de López Obrador a sumar fuerzas. La falsedad -intemperante y distante- de los llamados a la unidad resulta evidente para una ciudadanía cauta por experiencia, que distingue lo honesto de lo interesado. A nadie importa la espada de Damocles que pende sobre la cabeza de México, sino la disputa por la sucesión y la vanidad del instante. Por si faltaran pruebas, ni los convocantes a la marcha del pasado domingo pudieron ponerse de acuerdo sobre el objetivo.

El problema de las convocatorias a la unidad es que no entusiasman a nadie cuando son contra algo: la población quiere respuestas y soluciones, no condenas gratuitas; en todo caso, unidad a favor de algo mejor. Los migrantes que viven atemorizados en Estados Unidos y sus familias en México no quieren marchas y protestas: quizá se sumen a una convocatoria por la transformación del país pero no está dispuestos a perder ni un minuto en un ejercicio ficticio de unidad. Peor cuando el presidente intenta subirse al carro para atajar su propia impopularidad que, no sobra decir, evidencia lo obvio: por más que Trump represente una enorme amenaza al statu quo, el mexicano común y corriente está mucho más enojado con el gobierno; no por casualidad innumerables organizaciones que se sumaron a la convocatoria de la marcha al final optaron por salirse. Nadie quiere ser parte de un barco que naufraga: eso incluye al gobierno actual y a muchos de quienes vieron en sus reformas alguna posibilidad.

Por casi medio siglo, los mexicanos hemos vivido a la espera de una transformación que permita romper con los amarres que anclan al país en el pasado. En todas esas décadas, hubo muchos intentos por reformar aspectos de la vida económica y política del país, pero ninguno pretendió sentar las bases para un futuro distinto, para entrar de lleno al siglo XXI. Las reformas económicas crearon espacios de excepción que nos han dado un extraordinario alivio, pero no una solución integral; las reformas político-electorales procuraron apaciguar a las diversas oposiciones, incorporándolas en el sistema priista de privilegios. Los migrantes buscaron empleo fuera porque aquí no hay oportunidades.

Décadas dedicadas a atender la crisis del momento: puros parches y remiendos, trapitos que ayudan pero no resuelven. Bastaron unos cuantos twits de Trump para desenmascarar a todo el país, evidenciando no sólo nuestras carencias, sino nuestras vulnerabilidades. Frente a eso, envolverse en la bandera acaba siendo no más que un acto de vanidad, un mero berrinche.

El hastío que vive la población no es producto de la casualidad y no se resuelve, como pretende el candidato favorito de las encuestas, retornando a una era idílica y simple. La invitación a un "nuevo proyecto" de nación es muy llamativa (y sin duda atrae a muchos empresarios desesperados), pero choca con la realidad del mundo en que vivimos. Precedentes hay muchos, desde Perón hasta Chávez, que no sólo destruyeron lo existente, sino que para siempre minaron el futuro de sus naciones. Muchos, comenzando por Trump, Xi y Putin, pretenden recrear su antigua grandeza pero nada, excepto una destrucción total de la vida moderna y las comunicaciones que la caracterizan, podrá cambiar el reino de la opinión pública, las redes sociales y la globalización de las expectativas.

El país ciertamente tiene que cambiar; la pregunta es hacia dónde y cómo. Los llamados a la unidad no son sino llamaradas nostálgicas o interesadas de quienes se benefician del viejo orden y pretenden preservarlo, por lo que ni parpadean con invitaciones nacionalistas y patrioteras. El nacionalismo, escribió Orwell, es “hambre política atemperada por un auto-engaño.”

Trump nos ha sacado de la zona de confort y nos obliga a optar: damos un paso firme al siglo XXI o aceptamos que el deterioro continúe. De lo que no hay duda es que, sin alteración de las tendencias, el único camino posible es hacia abajo y todos los que abandonan el barco -unos porque no ven opciones, otros porque creen que sumándose temprano pueden sacar raja doble- no hacen sino acelerar el paso. Quien crea que las cosas no se pueden poner peor -antes de las elecciones y después- desconoce la historia, desde la revolución rusa en adelante, para no hablar del pasado remoto.

Mucho más útil sería la unidad de personas e intereses disímbolos para construir el futuro, que un palco privilegiado en el Titanic.

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La ‘ropa sucia’ de la Procu

Escrito por Julio Madrazo el .

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El Senado tendrá que aprobar en las próximas semanas o meses, la Ley secundaria de la Fiscalía General de la República para que esta nazca. 

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Trump el invencible

Escrito por Ana Paula Ordorica el .

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Donald Trump parece de esos juguetes inflables que cuando se les golpea rebotan y vuelven a quedar de pie. Siempre. Resulta casi increíble que un candidato que ha sido expuesto como un acosador sexual, misógino, que admira al presidente de Rusia, Vladimir Putin —con todo el bagaje histórico que esto acarrea—, que presume ser más listo por evadir el pago de impuestos y que tiene una larga lista de otros odios: musulmanes, discapacitados… siga de pie y en empate técnico en las encuestas electorales.

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México sobreestimado pero autoestimado

Escrito por Luis de la Calle el .

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El amargo proceso electoral de Estados Unidos ha dejado muchas lecciones. La más importante es darse cuenta de que México, guste o no, es un asunto interno y electoral en ese país. Tiene razón Genaro Lozano al sugerir que Enrique Peña Nieto se adelantó a su tiempo al invitar a México a Donald Trump: en el futuro, por interés electoral, los candidatos se invitarán solos. El saldo para México de la elección es, en general, negativo, pero potencialmente un punto de quiebre si el voto latino resulta definitorio la semana que entra.

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Después del 8 de noviembre, ¿qué?

Escrito por Universidad Anáhuac el .

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Al momento de escribir este artículo falta una semana para las elecciones estadunidenses del 8 de noviembre. Las cifras señalan que Hillary Clinton (47.5%) aventaja a Donald Trump (45%), según sondeos de RealClear Politics. El Presidente es elegido por voto indirecto, por lo que el ganador necesita 270 votos del Colegio Electoral y, según este mismo sondeo, Clinton cuenta con 263 y Trump con 164 (31/10).

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La minoría ruidosa

Escrito por Genaro Lozano el .

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Cada vez es más común en México el que las mujeres jóvenes decidan cuándo y cómo embarazarse, o no hacerlo. La generación de los baby boomers se embarazaba muy joven, a los 25 años ya tenían uno o dos bebés, mientras que en la generación X y entre las millennials más grandes es muy común que se embaracen cuando tienen más de 36 años o que las mujeres decidan congelar sus óvulos. Entre las parejas treintañeras es muy frecuente que decidan postergar los embarazos porque prefieren vivir en pareja cuanto más tiempo se pueda antes de reproducirse o porque han intentado y no han podido.

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En manos del FBI

Escrito por Enrique Berruga el .

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El director del FBI, James Comey, ha logrado la hazaña de ser a la vez héroe y villano favorito de los dos partidos políticos de Estados Unidos. Al inicio de las investigaciones sobre el uso indebido de correos electrónicos por parte de la señora Clinton, los demócratas lo elogiaron por exonerarla. En ese momento, Donald Trump enfureció y dijo que la elección estaba amañada y que este era un caso más grave que el mismo “Watergate” Al paso de unas cuantas semanas los papeles se han invertido de manera radical. Ahora es Trump quien elogia la imparcialidad y el profesionalismo del Director del FBI, mientras que el campo de Hillary Clinton lo sataniza y lo critica por interferir en el ánimo de los electores.

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Escenarios México-EUA

Escrito por Luis Rubio el .

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La contienda que concluye en nueve días no ha sido la más polarizada de la historia; quien recuerde la era de Vietnam sabe que hay ciclos en este sentido, pero también una extraordinaria capacidad de regeneración. Esa es una de sus fortalezas y características y no hay razón para suponer que algo similar sea imposible en el futuro mediato. La pregunta es qué clase de relación seguirá entre las dos naciones.

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