Una política cultural con mayúsculas

Arena Electoral
México no sólo es el país más grande e importante de habla hispana, sino también punta de lanza en la creación y la producción cultural de Iberoamérica; además se encuentra entre los primeros 20 países exportadores de productos culturales en el mundo. Nuestro país cuenta con 31 sitios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, 27 culturales y 4 naturales. Es el país del continente americano con mayor número de sitios inscritos en la citada lista y uno de los primeros diez a nivel mundial.[1] Además, el país cuenta con siete tradiciones culturales inscritas en la lista del Patrimonio Oral e Inmaterial decretada por la UNESCO, entre las que destacan la música del mariachi, la cocina mexicana y las festividades indígenas del Día de Muertos.[2] México es una nación pluricultural y multiétnica que posee una vasta y milenaria herencia cultural, un patrimonio material e inmaterial envidiable y un enorme potencial creativo.
En México la cultura representa el 6% del PIB; emplea directa e indirectamente a cerca de 3 millones de personas y es medio de sustento para 34 mil artistas y creadores y alrededor de 22 mil promotores y gestores de arte.[3] Lo que es más, de acuerdo con el artículo 4° de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, todos los mexicanos tenemos el derecho de libre acceso a bienes y servicios culturales. En resumidas cuentas, México es un referente cultural en todo el mundo y sin embargo, a pesar de su indudable riqueza, historia y potencial, el país carece lastimosamente de una política cultural de Estado que se corresponda con dicha realidad. Una política que proteja no sólo su invaluable patrimonio sino también a sus ciudadanos; artistas, creadores y de a pie, en cuanto a su derecho a crear y a disfrutar de lo creado. Sin mayor dilación, México debe diseñar una política de largo plazo que no responda a intereses partidistas y que permita la continuidad por encima de los programas de trabajo sexenales. Una política que reconozca a la cultura y al arte como ejes de acción tan necesarios para el desarrollo como la economía, la competitividad, la salud y el combate a la pobreza. En México resulta impostergable un replanteamiento de las políticas culturales. Hablar de cultura aquí y ahora es un reto y un compromiso que apunta en diversas direcciones y alude a todos los actores: al Estado, a la academia, a los medios, a la sociedad civil, a los artistas, a las comunidades indígenas y a la población en general. México necesita poner a la cultura en primer lugar a través del pluralismo cultural, la libertad de creación, la participación de la sociedad, el estímulo a la creación artística y la descentralización. Nuestro país necesita fomentar nuevos esquemas de financiamiento para artistas y creadores, para empresas y emprendedores culturales; esquemas que involucren activamente al sector privado, a la sociedad civil, a las organizaciones no gubernamentales y a los organismos internacionales; que incentiven la inversión y aboguen por exenciones e incentivos fiscales. México debe impulsar a los creadores que se encuentran fuera del sistema a través de una política cultural tendiente a la diversidad, que sea incluyente y humana. Se debe promover el diálogo para la reforma puntual e integral de los organismos nacionales a cargo de la política cultural, sometiendo a una amplia consulta una nueva ley general de cultura, integral y de largo aliento. Debemos acercar la cultura a nuevos y diversos públicos para asegurar su efectiva democratización, fomentando la integración y combatiendo la violencia, sólo de esta manera el país será tan grande como su legado.

