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Tiro por la culata del mercantilismo trumpiano

Luis de la Calle


 

En la víspera de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) vale la pena hacer una reflexión sobre los objetivos que deben perseguirse. La posición inicial del nuevo gobierno de Estados Unidos, y en la que ha montado su representante comercial Robert Lighthizer para mostrar a Donald Trump que, por duro, él debe ser el negociador en jefe, es que el propósito debe ser la eliminación de sus déficit comerciales.

Insistir en la reducción de déficit bilaterales sería el principal obstáculo para una negociación exitosa ya que parte de la premisa de que Estados Unidos pierde y que, por lo tanto, la modernización del tratado debe consistir en inclinar la balanza a su favor y alejarse de su arquitectura simétrica original. La simetría de derechos y obligaciones para las tres partes es una de las principales características del TLCAN y una condición que no debe abandonarse en la posible revisión.

Una negociación productiva depende de la definición de objetivos comunes. En el caso de los esfuerzos para mejorar el TLCAN pueden pensarse en tres objetivos desde el punto de vista mexicano. El primero y eje de la negociación debe ser incrementar la competitividad de América del Norte con respecto al resto del mundo. A diferencia de hace 25 años cuando se buscaba incrementar el comercio, la provisión de servicios y la inversión entre Canadá, Estados Unidos y México, ahora la clave es cómo competir como región, en particular con Asia y Europa.

El segundo consiste en aspirar a altas disciplinas para el acceso de bienes, la inversión, los servicios y la creatividad para que se conviertan en ejemplo para futuras negociaciones bilaterales, regionales y multilaterales en el ámbito internacional. Parte del éxito del TLCAN original fue que se convirtió en el andamiaje que sirvió como base para una buena proporción de las negociaciones comerciales alrededor del mundo. Este objetivo es crucial ya que de él depende que el sector privado de Estados Unidos invierta el suficiente capital político para lograr la aprobación del renovado tratado en su Congreso. Un TLCAN renovado que carezca de ambición sería fácil presa del tortuoso proceso legislativo de Washington.

El tercero consiste en convertir a México en la plataforma de exportación de América del Norte al resto del globo. La manufactura de la región es mucho más integrada, más grande y más competitiva de lo que generalmente se piensa. Este nivel de integración es el principal componente de la competitividad regional. Canadá, Estados Unidos y México se han convertido en una línea de ensamble que, muchas veces, concluye en el país. Esto genera, naturalmente, un superávit comercial para México (déficit para ellos) al ser el último eslabón en la cadena, lo que es positivo para todos y la fuente de éxito de la cadena productiva. El reto hacia adelante reside en incorporar mucho más valor agregado regional por unidad exportada en la cadena (que depende mucho más de la integración del mercado energético y la innovación que de endurecer reglas de origen) y en concebir la integración como instrumento para competir con éxito alrededor del mundo y no sólo en la región.

El secreto no está en reducir el déficit comercial de Estados Unidos, sino en convertir a América del Norte en la región más competitiva, con exportaciones conjuntas de bienes, servicios, tecnología y productos creativos al mundo. Existen poderosas razones estructurales para concluir que esto es posible a pesar del equivocado pesimismo de Trump y sus seguidores. La demografía, la energía, el tamaño, la innovación, los recursos naturales, posición geográfica y la disponibilidad de recursos para invertir apuntan en esta dirección.

Sin embargo, la insistencia en la visión mercantilista de los déficit es ya un obstáculo importante no sólo para la posible renegociación sino para la competitividad y ya con evidentes impactos negativos. El caso de Ford Motor Company es un buen ejemplo. La presión y los tuits de Trump la llevaron a cancelar el ya avanzado proyecto de inversión de una planta de gran envergadura en San Luis Potosí. Sin la campaña electoral de Trump y su insistencia, la planta estaría en construcción aquí y no en China. Se ha argumentado que el cambio de decisión no ha impactado empleos en América del Norte.

No obstante, se antoja difícil pensar que si la planta estuviera construyéndose Ford hubiera anunciado el establecimiento de una nueva planta en China para la producción y exportación del Focus. El argumento de que hay economías al producirlo allá es más probable que se refiera a los subsidios del gobierno chino y a la comparación de costos de producción con respecto a sus plantas en Estados Unidos, que a la falta de competitividad en México con la nueva planta en San Luis Potosí. Hubiera sido irresponsable que se escogiera esta localización sin un adecuado análisis costo beneficio con respecto China y otros lugares. No es creíble que la competitividad relativa haya variado tanto en tan poco tiempo. El punto es que anunciar que siempre sí se construiría la planta en México hubiera tenido un costo enorme para Trump y, por transitividad, Ford.

La inversión anunciada en China aumentará el déficit comercial de Estados Unidos ya que la producción en el lejano oriente prescindirá de contenido de América del Norte. Las exportaciones de México al mundo hubieren tenido, en promedio, un contenido estadounidense mayor a 40%, pero las originadas en China tendrán, a lo sumo, cerca de 5%. En realidad, la fijación mercantilista de Trump amplía precisamente el déficit comercial que él se propone reducir. Sus tuits mandaron una planta a China al oponerse a que se abriera en México.

Las iniciativas comerciales y los tratados de libre comercio no pueden, ni deben, medirse en términos de la balanza comercial, sino en el beneficio al consumidor y en su capacidad de incrementar el tamaño total del pastel y su generación de valor agregado que se traduzca en mayor riqueza y bienestar. Este argumento debe ganarse para la modernización exitosa del TLCAN.

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